La naturaleza política de la educación

Decía Freire [1] que tod@ educador/a parte de un análisis previo de la realidad. Decía también que la ciencia no es neutral y que quienes defendían la neutralidad de la educación mentían con la clara intención de ocultar que su práctica educativa sirve a los intereses de las clases poderosas, las élites, utilizando la educación como medio para consolidar y perpetuar un sistema que produce desigualdad y una cultura que las clases dominantes imponen a las clases dominadas para que sean éstas las que la interioricen y las reproduzcan como propia.

Por esta razón creemos urgente educadores y educadoras con un planteamiento político claro, con un análisis de la realidad que sirva de motor en su acción educativa. Nos da miedo caer en la acumulación de técnicas (participativas) que traten contenidos de solidaridad pero si éstas no están al servicio de un proyecto político de construcción colectiva de otra realidad basada en la igualdad entre pueblos, en el respeto al medio ambiente y en el desarrollo integral de la persona, carecerían de sentido, serían aplicaciones metodológicas sin estrategia a largo plazo, vacías de contenido.

Para darle sentido a nuestra práctica educativa podríamos empezar por plantearnos qué es la realidad. Como se pregunta Zubero [2] “¿es real la realidad?”. Es evidente que la realidad que nosotros/as vemos y percibimos está compuesta de muchas realidades. “Cada uno cuenta la feria como le ha ido”, se suele decir. Podemos hablar de una realidad vista desde las familias adineradas blanco-mestizas del Ecuador, o desde los habitantes del poblado chabolista de la Cañada Real de Madrid, o desde una familia palestina de la franja de Gaza. Cada uno de ellos tendrá una percepción distinta de una misma realidad. Todas ellas ciertas, todas ellas reales, aunque en algunos casos sean hasta contradictorias. Esto denota que la realidad social no está constituida por los hechos en sí, sino también por las interpretaciones que de ellos se hacen. L@s educadores/as hemos de tener en cuenta todas estas percepciones (de la gente con la que trabajamos), pero hemos de tener también la nuestra, y ponerla sobre la mesa, no silenciarla.

Nosotr@s cuando miramos la realidad vemos injusticia, desigualdad, opresión, explotación… y de ahí parte nuestra práctica educativa, de un lugar determinado, el lugar de l@s empobreci@s, el del sur pobre consecuencia de un modelo de desarrollo impuesto por el norte rico a nivel global.

Y estamos convencid@s que esta realidad injusta está construida por seres humanos que se empeñan cada día en perpetuarla. Por lo tanto es necesario que vayamos descifrando cómo está construida esta realidad, como se defiende de nuestros intentos de transformación y, en consecuencia, qué podemos hacer para transformarla. Veamos varias cuestiones a este respecto.

En primer lugar la realidad es definida (y por tanto creada) constantemente por las élites mediante sus mass media. Dice Thomas [3] que basta con definir una realidad (aunque sea inventada) para que sea real en sus consecuencias. Si repetimos hasta la saciedad que la delincuencia se ha visto incrementada por culpa de la inmigración (aunque no sea cierto), se creará un rechazo social que obstaculizará la normalización de este sector de la población (a la hora de conseguir un empleo, una vivienda…), esto redundará en una mayor exclusión, en la condena a la marginación y, con ella, a un aumento de la delincuencia como respuesta a la violencia estructural que supone la exclusión social y como única forma de supervivencia. No es más que la teoría del autocumplimiento.

Pero la realidad es una construcción social, de tod@s las personas!!!!

Sin embargo, cuando alguien se pregunta sobre el por qué de las cosas, dejando entrever un cierto desacuerdo con la sociedad que nos viene dada, aquell@s que le interesa la conservación y que lucharán por presentar la realidad como algo inamovible, estático, utilizarán diferentes formas de legitimación:

  • Desde la tradición: “es que siempre ha sido así”
  • Desde la inevitabilidad: “no puede ser de otra forma”
  • Desde el pragmatismo: “así funcionan las cosas, para qué cambiarlas”
  • Desde el puro poder: “porque lo digo yo”

Pero sin duda alguna la mejor forma de inmovilizar a la población descontenta con la sociedad es creando el miedo hacia el cambio. Circulaba por internet un cuento sobre un grupo de monos que vivía en una jaula en cuyo techo había un plátano colgando de una cuerda. Cada vez que uno de estos monos subía para atraparlo un gran chorro de agua helada caía sobre todo el grupo. Rápidamente el grupo se encargó de atajar cualquier intento de alguno de sus miembros de subir a por el plátano. Fueron cambiando poco a poco a los miembros del grupo (uno a uno). Cada mono que llegaba nuevo a la jaula intentaba atrapar el plátano que pendía de la cuerda, pero el resto del grupo le impedía físicamente que cumpliera su objetivo. Al cabo del tiempo y después de incorporar nuevos miembros a la jaula, el grupo quedó conformado por miembros que jamás habían visto caer el chorro de agua fría, pero seguían repitiendo aquella reacción que habían aprendido desde su llegada de impedir que alguno de ellos subiera por la cuerda. Después de un tiempo, ya ninguno de los individuos se planteaba subir…

A menudo esta realidad neoliberal que condena a la explotación a millones de seres humanos y que depreda el medio ambiente a un ritmo galopante, se nos presenta como la mejor de las posibilidades. Peor todavía, se nos presenta como la única posible. Como decía Fukuyama [4]: estamos ante el fin de las utopías, de las ideologías, de la historia… se nos intenta convencer que estamos ante el fin del camino, ya no hay más, no queda más por construir, por soñar ni por hacer.

Sin embargo, como la esperanza es la propia vida defendiéndose, much@s nos empeñamos en construir cada día ese OTRO MUNDO POSIBLE con el que soñamos despiert@s.

Contravalores culturales, contracultura de solidaridad [5]

Después de comprobar que la realidad es una construcción social, vamos a acercarnos a nuestra realidad para analizar sus principales características que, procedentes de la economía, se han convertido en valores de nuestra cultura occidental.

El individualismo. Nuestras preocupaciones y, por lo tanto, nuestra forma de actuar, presentan los límites de nuestra propia persona o cuanto más de la familia pequeña y en el ámbito del propio hogar. Así, nuestra consideración del “otro” como alguien de “los nuestros”, posible objeto de nuestra solidaridad se reduce a un mínimo círculo de personas. Esto nos sustrae incluso de nuestro contexto más cercano y hace que nuestra implicación en el mismo sea escasa o nula. Desaparecen por tanto los intereses colectivos y la lucha por los mismos. Estamos convencidos/as de que esto es una consecuencia de un modelo económico que ha calado en nuestra cultura actual. Al mercado solo le interesa el ser humano en cuanto que consumidor y al Estado en cuanto que votante/contribuyente. La sociedad civil queda así desarticulada, pierde espacios donde encontrarse y ejercer poder.

La competitividad. Desprenderse del “otro” como compañero o vecino con el que cooperar para conseguir intereses comunes, nos convierte en continuos rivales o enemigos que compiten por intereses individuales que, normalmente, coinciden. El miedo a perder el status unido a la presión del “tanto tienes, tanto vales” convierten el afán de superación del ser humano en un afán por superar al otro, muchas veces a costa de lo que sea. Se establecen así unas relaciones de poder siempre jerarquizadas y un halo de desconfianza y miedo al otro que, en muchas ocasiones, deviene en violencia. La realidad cotidiana da buena muestra de ello a diario, pero también la realidad internacional se encarga de recordárnoslo frecuentemente.

La eficacia y la eficiencia. La búsqueda de la mejor relación coste/beneficio, se convierte en una obsesión por conseguir el mayor beneficio con el menor coste. Además de la explotación de las ¾ partes de la humanidad, este concepto economicista de rentabilidad cala hasta lo más profundo de los proyectos personales y de las relaciones humanas. Nada se hace si no se obtiene algo a cambio. Nada se emprende si cuesta demasiado esfuerzo. Comprometerse con algo que no nos afecta personalmente es una pérdida de tiempo.

Directamente relacionado con la rentabilidad está el “cortoplacismo” y la inmediatez. Los efectos de la tecnología hechos cultura hacen que lo queramos todo a la velocidad que tarda la luz en encenderse cuando le damos al interruptor. Trabajar por causas cuyos resultados comenzarán a vislumbrarse muy a largo plazo, es complicarse la vida inútilmente y “suficientes problemas tenemos ya como para preocuparnos por los problemas de otros”. Nuestro sistema político y sus márgenes de planificación y actuación a 4 años contribuye sustancialmente a esta cortedad de miras que nos impide en la mayoría de los casos situarnos en la esfera en la que se están fraguando los principales problemas que acechan a la humanidad: la pobreza y el deterioro del medio ambiente y que, por lo tanto, nuestras decisiones cotidianas estén contribuyendo, sin mucha consciencia por parte de los/as ciudadanos/as, al empeoramiento de ambas amenazas.

Aún así, el espectacular crecimiento económico protagonizado por los países enriquecidos en las últimas décadas se utiliza como justificación de la validez de este sistema socio-político-económico que se sustenta en los valores culturales mencionados anteriormente. Integrado como éxito frente al fracaso de otros sistemas diferentes, se convierte en un etnocentrismo que establece nuestra forma de existencia como la medida de todas las cosas, un lugar hermenéutico desde el que valorar o desechar otras culturas y formas de vida, exportable a todos los rincones del mundo con todas nuestras herramientas: desde la inversión empresarial y económica hasta la fuerza coercitiva.

A nuestro juicio, esta forma de estar en el mundo está generando consecuencias nefastas, tanto en el seno de nuestro propio entorno como a nivel internacional. Se abre una brecha infranqueable entre los que acumulan los beneficios de este sistema y, por lo tanto el poder, los que viven sometidos a las condiciones de vida y trabajo necesarias para mantener el nivel de consumo que te integra y los que son totalmente excluidos. Todo ello en un porcentaje de 20% a 80%. Se dibuja por tanto un paisaje en el que no cabemos todos, en el que viven cómodamente unos pocos y en el que la mayoría vive una lucha encarnizada por encontrar un sitio y conservarlo o simplemente por sobrevivir.

Porque entendemos que las bases sobre las que se sustenta este sistema son culturales, creemos que las causas que perpetúan la pobreza también descansan en nuestra forma de vida. Porque creemos que contribuir a la erradicación de la pobreza debe ser un objetivo prioritario y urgente de la humanidad, queremos actuar sobre sus causas. Y creemos que debe ser con una herramienta contracultural, que transforme nuestra realidad hacia el interés colectivo, la cooperación, la solidaridad, la justicia, el desarrollo integral de la persona y de la sociedad y la convivencia armoniosa con el medio ambiente. Para nosotr@s la herramienta que cumple con estas perspectivas es la Educación para el Desarrollo (en adelante EpD).


[1] Paulo Freire, pedagogo brasileño pionero en la corriente de la educación popular.

[2] Imanol Zubero Beaskoetxea, profesor de la Universidad del País Vasco, en su libro “Movimientos Sociales y alternativas a la sociedad”

[3] William I. Thomas “Los niños en América: problemas conductuales y programas” 1928

[4] Francis Fukuyama “El fin de la historia y el último hombre” (1992) donde defiende que la lucha humana entre ideologías ha concluido y estamos ante un mundo basado en la política y la economía liberal que se ha impuesto a las utopías.

[5] Término acuñado por Rafael Díaz-Salazar, profesor de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense.